Después de la salida de Egipto y de los milagros en el desierto, la noticia de lo que Hashem había hecho por Israel llegó a oídos de Yitró, sacerdote de Midián y suegro de Moshé. Al escuchar cómo Hashem había liberado a Su pueblo de la esclavitud, Yitró tomó a Tziporá, esposa de Moshé, y a sus dos hijos, Guershom y Eliezer, y viajó hasta el campamento de Israel en el desierto, junto al monte de Dios.
Moshé salió a recibir a su suegro con respeto y cariño. Se inclinaron el uno ante el otro y entraron en la tienda. Allí, Moshé relató con detalle todo lo que Hashem había hecho al faraón y a Egipto, las dificultades del camino y la salvación que habían recibido. Al escuchar esto, Yitró se alegró profundamente y bendijo a Hashem, reconociendo que Él es más grande que todos los dioses. Ofreció sacrificios y compartió una comida sagrada con Aarón y los ancianos de Israel.
Al día siguiente, Yitró observó a Moshé juzgar al pueblo desde la mañana hasta la noche. Vio largas filas de personas que acudían a él para resolver sus problemas y aprender las leyes de Hashem. Entonces le dijo: “Lo que haces no es bueno. Te agotarás tú y también el pueblo. La carga es demasiado pesada para ti solo”.
Yitró aconsejó a Moshé que eligiera hombres sabios y temerosos de Dios para ayudarle: jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez. Ellos resolverían los asuntos pequeños, y solo los casos difíciles llegarían a Moshé. De este modo, la justicia sería más cercana al pueblo y la responsabilidad estaría compartida. Moshé aceptó el consejo de su suegro y organizó al pueblo según esta estructura, fortaleciendo así el liderazgo de Israel.

Poco después, los hijos de Israel llegaron al desierto de Sinaí y acamparon frente al monte. Moshé subió hacia Hashem, y allí recibió un mensaje para todo el pueblo: si obedecían Su pacto, serían Su tesoro especial entre todas las naciones, un reino de sacerdotes y una nación santa. El pueblo respondió con una sola voz: “Todo lo que Hashem ha dicho, haremos”.
Hashem ordenó que el pueblo se preparara durante tres días. Debían purificarse y lavar sus ropas, porque Él descendería sobre el monte Sinaí ante los ojos de todos. Se colocaron límites alrededor del monte, y nadie podía tocarlo. Al tercer día, el monte se cubrió de nube, fuego, truenos y relámpagos. El sonido del shofar era tan fuerte que todo el campamento temblaba.
Moshé condujo al pueblo hasta el pie del monte. El Sinaí humeaba, porque Hashem había descendido en fuego. El monte temblaba, y la voz divina se hacía oír entre los truenos. Allí, Hashem pronunció los Diez Mandamientos, que son la base de la Torá y de la vida moral del pueblo de Israel: creer en un solo Dios, no hacer ídolos, respetar Su Nombre, guardar el Shabat, honrar a los padres, y vivir con justicia, sin matar, robar ni mentir.
El pueblo, lleno de temor, pidió que Moshé hablara con ellos en lugar de escuchar directamente la voz de Hashem. Moshé los tranquilizó, explicando que esta revelación era una prueba para que el temor a Dios los guiara y no se apartaran del camino correcto. Mientras el pueblo permanecía a distancia, Moshé se acercó a la nube espesa donde estaba Hashem.
Parashat Yitró nos enseña dos grandes lecciones. La primera es el valor del consejo sabio y del liderazgo compartido: incluso Moshé, el mayor de los profetas, escuchó y aceptó orientación para no cargar solo con toda la responsabilidad. La segunda es la importancia del pacto entre Hashem y el pueblo de Israel, sellado en el monte Sinaí con la entrega de los Diez Mandamientos, que marcan el camino de la fe, la justicia y la santidad.
Fuente: Torá – Shemot / Éxodo 18:1 – 20:23.