La Parashat Vayakhel comienza con un momento muy especial en el desierto. Después de los acontecimientos difíciles del becerro de oro, Moisés reúne a todo el pueblo de Israel para transmitirles nuevamente las instrucciones de Dios. La Torá comienza diciendo: “Vayakhel Moshe et kol adat Bnei Israel”, es decir, Moisés reunió a toda la comunidad de los hijos de Israel. Este acto de reunir al pueblo simboliza la unidad que ahora es necesaria para construir algo sagrado.
Lo primero que Moisés recuerda al pueblo no es la construcción del santuario, sino una enseñanza fundamental: la santidad del Shabat. Durante seis días se puede trabajar, pero el séptimo día es un día santo dedicado a Dios. Incluso en medio de la gran tarea de construir el Mishkán, el descanso del Shabat debe ser respetado. La Torá enfatiza que en ese día no se debe encender fuego en las moradas de Israel, mostrando la importancia de este mandamiento.
Después de recordar el Shabat, Moisés transmite el siguiente mensaje divino: la construcción del Mishkán, el santuario portátil donde la presencia de Dios habitará entre el pueblo durante su travesía por el desierto. Pero este santuario no será construido con impuestos ni obligación; será levantado con las donaciones voluntarias del corazón.

Moisés invita a todo aquel que tenga un corazón generoso a traer una ofrenda para Dios. La lista de materiales es larga y preciosa: oro, plata, cobre, telas de colores como azul, púrpura y carmesí, lino fino, pieles especiales, madera de acacia, aceite para la iluminación, especias para el aceite de unción y el incienso, además de piedras preciosas para las vestiduras del sumo sacerdote.
La respuesta del pueblo es extraordinaria. Hombres y mujeres traen sus ofrendas con entusiasmo y generosidad. Algunos entregan joyas de oro: anillos, pendientes y adornos. Otros aportan telas, pieles o madera. Muchas mujeres, dotadas de sabiduría y habilidad, hilan con sus propias manos las telas necesarias para el santuario. Incluso los líderes del pueblo traen piedras preciosas para el efod y el pectoral del sacerdote.
Todo el pueblo participa. Nadie es demasiado pobre para aportar algo ni demasiado importante para no contribuir. Cada persona encuentra una forma de ayudar en la construcción del lugar sagrado.
Entre los artesanos elegidos para dirigir la obra se destacan Betzalel hijo de Uri, de la tribu de Judá, y Oholiav hijo de Ajisamaj, de la tribu de Dan. La Torá explica que Dios los llenó de sabiduría, inteligencia y conocimiento para realizar todo tipo de trabajos artísticos: trabajar el oro, la plata y el cobre, tallar piedras preciosas, trabajar la madera y diseñar obras complejas.
Ellos no solo trabajan, sino que también enseñan a otros artesanos sabios para que participen en la construcción. De esta manera, la obra del Mishkán se convierte en un gran proyecto colectivo, donde muchas habilidades y talentos se unen para un mismo propósito.
La generosidad del pueblo llega a ser tan grande que ocurre algo sorprendente: los artesanos informan a Moisés que hay más materiales de los necesarios para completar la obra. Entonces Moisés da una orden por todo el campamento: que nadie traiga más donaciones. Por primera vez en la historia, una campaña de donaciones debe detenerse porque ya hay demasiado.
Con los materiales reunidos, los artesanos comienzan la construcción del Mishkán. Elaboran las cortinas del santuario con lino fino y colores especiales, decoradas con querubines. Construyen la estructura de madera de acacia cubierta de oro. También fabrican los utensilios sagrados: el Arón HaBrit (Arca del Pacto) con su cubierta y querubines de oro, la mesa para el pan de la proposición, la menorá de oro puro con sus siete brazos, y el altar del incienso.
Cada objeto es elaborado con gran precisión y belleza, siguiendo exactamente las instrucciones que Dios había dado anteriormente a Moisés en el monte Sinaí.
La Parashat Vayakhel nos enseña una lección poderosa: cuando una comunidad se une con generosidad y propósito espiritual, puede construir algo verdaderamente sagrado. El Mishkán no es solo una estructura física; representa la presencia divina que puede habitar entre las personas cuando trabajan juntas con fe y dedicación.
Fuente: Libro de Éxodo / Shemot 35–38