La parashá Bo nos introduce en los momentos más intensos y decisivos de la salida de Egipto. Después de múltiples advertencias ignoradas, Hashem ordena a Moshé que vuelva a presentarse ante el faraón. Su corazón está endurecido, pero no por casualidad: todo lo que ocurre tiene un propósito más profundo, para que las generaciones futuras cuenten y recuerden las señales y maravillas realizadas en Egipto, y para que el pueblo de Israel aprenda a reconocer la mano de Hashem en la historia.
Moshé y Aharón se presentan una vez más ante el faraón con un mensaje claro: es tiempo de dejar ir al pueblo para servir a Hashem. Ante la negativa persistente, llega una nueva plaga devastadora: las langostas. Estas cubren la tierra hasta oscurecerla, devoran todo lo que había sobrevivido al granizo y dejan a Egipto completamente desolado. Incluso los consejeros del faraón reconocen que el país está perdido, pero aun así, su orgullo no le permite ceder por completo.
Cuando la plaga cesa, el faraón vuelve a endurecer su corazón. Entonces llega una de las experiencias más sobrecogedoras: la plaga de la oscuridad. Durante tres días, una oscuridad espesa paraliza a Egipto; las personas no pueden verse ni moverse. Sin embargo, en los hogares de los hijos de Israel hay luz. No solo una luz física, sino una claridad espiritual que marca la diferencia entre esclavitud y redención.
El faraón intenta negociar una vez más, pero Moshé se mantiene firme: el servicio a Hashem debe ser completo. No puede quedar nada atrás. Esta determinación provoca el quiebre final. Hashem anuncia una última plaga, la más dura y definitiva: la muerte de los primogénitos. Antes de que ocurra, el pueblo de Israel recibe una instrucción fundamental que lo transforma en nación.
Por primera vez, Hashem entrega a Israel el control del tiempo: el mes de Nisán se establece como el inicio del calendario. Cada familia debe tomar un cordero, cuidarlo y prepararse para una noche que cambiará la historia. La sangre del sacrificio será colocada en los dinteles de las puertas como señal de protección. Dentro de las casas, las familias comen juntas, con matzá y hierbas amargas, vestidos y listos para partir. No es solo una comida: es un acto de fe, obediencia y preparación.
Esa noche, Hashem pasa por Egipto. Los primogénitos mueren y un clamor se eleva desde cada hogar egipcio. Pero las casas de Israel permanecen a salvo. El faraón, quebrado, llama a Moshé y Aharón en medio de la noche y les ordena que se vayan de inmediato. El pueblo sale apresuradamente, llevando consigo la masa sin fermentar y los bienes recibidos de los egipcios.

La Torá describe ese momento como una “noche de vigilancia”, una noche protegida por Hashem, destinada a ser recordada por todas las generaciones. Israel deja de ser un grupo de esclavos y se convierte en un pueblo libre. A partir de entonces, se establecen mitzvot fundamentales: la festividad de Pésaj, la prohibición del jametz, la consagración de los primogénitos y la obligación de contar esta historia a los hijos.
Parashá Bo no es solo el relato del final de la esclavitud; es el nacimiento de la identidad del pueblo de Israel. Nos enseña que la libertad no comienza con la salida física de Egipto, sino con la fe, la memoria y la transmisión de la historia. Cada generación está llamada a recordar: “Esto es por lo que Hashem hizo por mí cuando salí de Egipto”.
Fuente: Libro de Shemot (Éxodo), capítulos 10–13.