Con el paso del tiempo, los nombres de quienes descendieron a Egipto junto a Yaakov dejaron de ser solo recuerdos familiares y se transformaron en el origen de un pueblo entero. Los hijos de Israel crecieron, se multiplicaron y llenaron la tierra de Egipto. Lo que había comenzado como una estancia temporal terminó convirtiéndose en una presencia numerosa y visible, imposible de ignorar.
Entonces surgió un nuevo faraón. No conocía a Yosef ni sentía gratitud por lo que él había hecho por Egipto. Al ver al pueblo de Israel prosperar, el miedo se apoderó de su corazón. Temió que, en un momento de guerra, los israelitas se unieran a sus enemigos. Desde ese temor nació la opresión. Primero llegaron los trabajos forzados, las ciudades de almacenamiento, el barro y los ladrillos. Pero cuanto más intentaban quebrarlos, más crecían. La aflicción no los destruyó; los fortaleció.
El faraón decidió ir más lejos. Ordenó en secreto a las parteras hebreas, Shifrá y Puá, que mataran a todos los niños varones al nacer. Sin embargo, ellas temieron a Hashem más que al rey. Desobedecieron la orden y protegieron la vida. Gracias a su valentía silenciosa, el pueblo siguió creciendo. Al ver que su plan fallaba, el faraón lanzó un decreto público: todo niño hebreo debía ser arrojado al Nilo.
En ese tiempo oscuro nació un niño especial, en la casa de la tribu de Leví. Su madre vio que era bueno y lo escondió durante tres meses. Cuando ya no pudo ocultarlo más, preparó una pequeña canasta, la colocó entre los juncos del río y confió su destino a Hashem. Su hermana observaba desde lejos, sin saber que estaba presenciando el inicio de una de las historias más trascendentales de la Torá.
La hija del faraón encontró la canasta. Al abrirla, vio al niño llorando y su corazón se llenó de compasión. Supo que era un niño hebreo, pero aun así decidió salvarlo. Así, el niño creció en el palacio real, aunque nunca perdió su conexión con su verdadero origen. Fue llamado Moshé, “porque de las aguas fue sacado”.

Años después, Moshé salió a ver a sus hermanos y fue testigo de su sufrimiento. No pudo permanecer indiferente. Al ver a un egipcio golpeando a un hebreo, actuó para defenderlo. Ese acto lo obligó a huir de Egipto y llegar a Midián, donde comenzó una nueva etapa de su vida. Allí defendió a las hijas de Yitró, se estableció como pastor y formó una familia. En el silencio del desierto, lejos del poder y la grandeza, Moshé se preparaba sin saberlo para su verdadera misión.
Un día, mientras pastoreaba el rebaño, llegó al monte Jorev. Allí vio una zarza envuelta en fuego que no se consumía. Al acercarse, escuchó su nombre pronunciado con ternura y autoridad. Hashem se reveló y le dijo que había visto el sufrimiento de Su pueblo, que había escuchado su clamor y que había llegado el momento de rescatarlos. Moshé fue elegido para ir ante el faraón y liderar la salida de Egipto.
Moshé dudó. Se sintió pequeño, incapaz, falto de palabras. Pero Hashem le aseguró que no estaría solo. Le reveló Su Nombre eterno, prometiéndole Su presencia constante, y le asignó a su hermano Aharón como apoyo. También le entregó señales para demostrar que la misión no provenía de un hombre, sino del Creador.
Cuando Moshé y Aharón regresaron a Egipto y hablaron con el faraón, la reacción no fue la esperada. En lugar de liberar al pueblo, el faraón endureció su corazón y aumentó la carga de trabajo. La esperanza pareció desvanecerse y el pueblo se llenó de angustia. Moshé mismo cuestionó su misión.
Entonces Hashem respondió con firmeza: pronto verían Su poder. La redención no solo llegaría, sino que sería inconfundible. Así concluye la parashá Shemot, dejando al pueblo de Israel al borde de un proceso que cambiaría la historia para siempre.
Fuente: Torá, libro de Shemot (Éxodo), capítulos 1–6.