La Parashá Vayigash no es solo el relato de un reencuentro familiar; es el mapa espiritual de cómo el dolor, la traición y los años La parashá Vayigash marca uno de los momentos más emotivos y decisivos del libro de Bereshit. Después de años de separación, dolor y silencios, la historia de Yosef y sus hermanos alcanza un punto de verdad, arrepentimiento y reconciliación que transformará para siempre el destino de la familia de Yaakov y del pueblo de Israel.
El relato comienza con Yehudá dando un paso al frente. Con valentía y humildad, se acerca al gobernante de Egipto —sin saber aún que es su hermano Yosef— y pronuncia un discurso profundo y conmovedor. Yehudá no habla solo como hermano, sino como garante y responsable de Biniamín. Explica el vínculo inseparable entre el joven y su padre Yaakov, y declara que no puede permitir que el muchacho quede esclavizado. En un acto de sacrificio personal, Yehudá se ofrece a sí mismo como siervo en lugar de Biniamín, demostrando cuánto ha cambiado desde los acontecimientos del pasado.
Este gesto rompe la última barrera emocional de Yosef. Incapaz de contenerse, ordena que todos los presentes salgan de la sala y, entre lágrimas, se revela a sus hermanos: “Yo soy Yosef. ¿Aún vive mi padre?”. El impacto es total. Los hermanos quedan paralizados, llenos de temor y vergüenza. Sin embargo, Yosef los tranquiliza y les explica que, aunque ellos lo vendieron, todo formó parte de un plan mayor: Hashem lo envió antes a Egipto para preservar la vida durante los años de hambre.
Yosef describe cómo la hambruna continuará y los invita a traer a su padre y a toda la familia para vivir en la tierra de Goshen, donde él se encargará de sustentarlos. El reencuentro con Biniamín es especialmente emotivo, lleno de abrazos y llanto, y poco a poco la comunicación se restablece entre todos los hermanos.
La noticia llega al palacio de Paró, quien recibe con agrado a la familia de Yosef y ofrece lo mejor de la tierra de Egipto para ellos. Yosef envía carros, provisiones y regalos, y despide a sus hermanos con una advertencia sencilla pero profunda: que no discutan en el camino.
Cuando los hermanos regresan a Canaán y anuncian a Yaakov que Yosef está vivo y gobierna Egipto, el corazón del patriarca se estremece. Al principio no puede creerlo, pero al ver los carros enviados por Yosef, su espíritu revive. Con renovada esperanza, Yaakov decide descender a Egipto.
En el camino, en Beer Sheva, Yaakov ofrece sacrificios y recibe una visión nocturna en la que Hashem le asegura que no tema descender a Egipto, pues allí se convertirá en una gran nación y, en el futuro, volverá a subir. Con esta promesa, Yaakov continúa el viaje junto a toda su familia.
El reencuentro entre Yaakov y Yosef en Goshen es uno de los momentos más conmovedores de la Torá. Padre e hijo se abrazan largamente, y Yaakov expresa que ahora puede morir en paz al haber visto nuevamente a su hijo con vida.
La parashá concluye con el asentamiento de la familia de Israel en Egipto, mientras Yosef administra el país durante la hambruna con sabiduría y firmeza. Aunque encuentran prosperidad en Goshen, el lector sabe que este es también el inicio de un largo proceso que, generaciones más tarde, conducirá al exilio y finalmente a la redención.
Vayigash nos enseña sobre la fuerza del arrepentimiento, el poder de asumir responsabilidad, la importancia de la unidad familiar y la certeza de que incluso los caminos más dolorosos pueden formar parte de un propósito mayor guiado por Hashem.
Goshen: Un refugio para el alma en tiempos de crisis
El final de la Parashá nos muestra la sabiduría práctica de Yosef. Mientras el mundo entero se ve sumido en una crisis económica y social debido a la hambruna, él establece a su familia en la tierra de Goshen. Este lugar no era solo un terreno fértil; era un espacio de aislamiento donde la familia de Israel podía mantener su identidad como pastores, lejos de la cultura idólatra de Egipto.
Yosef administra los recursos de toda una potencia mundial, pero su prioridad sigue siendo el bienestar de su padre y sus hermanos. Nos enseña que el éxito en el mundo exterior solo tiene valor si sirve para fortalecer las raíces de nuestro hogar y cumplir con la voluntad de D’s.

Al leer esta Parashá en familia, reflexionemos sobre cómo cada uno de nosotros puede ser un Yehudá que se sacrifica por sus hermanos, o un Yosef que perdona y encuentra el propósito divino en las pruebas. Que la unidad que se selló en este relato sea la que guíe nuestras propias vidas.