La historia de Yosef da un giro radical en esta porción. Tras pasar dos años enteros en la oscuridad de la prisión egipcia, el tiempo de la redención finalmente llega, no por mano humana, sino por un diseño divino que comienza en los sueños de un rey.
🐄 Los Sueños de Paró y el Ascenso de Yosef
(Bereshit 41:1-40)
Todo comenzó al final de dos años completos. Paró (Faraón) tuvo un sueño inquietante: se encontraba de pie junto al río Nilo (Ha-Ye’or). Del río subieron siete vacas hermosas y robustas que pastaban en el prado, pero tras ellas surgieron otras siete vacas, flacas y de aspecto horrible, que terminaron devorando a las primeras. Paró despertó, pero al volver a dormirse, tuvo un segundo sueño: siete espigas de trigo, llenas y buenas, crecían de un solo tallo, solo para ser tragadas por siete espigas menudas y marchitas por el viento solano.
Al amanecer, el espíritu de Paró estaba perturbado. Convocó a todos los magos y sabios de Mitzráyim (Egipto), pero nadie pudo darle una interpretación coherente. Fue entonces cuando el Jefe de los Coperos recordó su propia falta y mencionó a aquel «joven hebreo» que había interpretado sus sueños en la cárcel.
Yosef fue sacado apresuradamente del pozo. Se afeitó, cambió sus ropas y se presentó ante el monarca. Con humildad, le aclaró al rey: «No soy yo; es Elohim (Dios) quien dará una respuesta de paz a Paró«. Yosef explicó que ambos sueños eran uno solo: Elohim anunciaba siete años de gran abundancia seguidos de siete años de una hambruna tan severa que haría olvidar toda la prosperidad anterior.
Impresionado por la sabiduría de Yosef, Paró lo nombró gobernador sobre todo Mitzráyim, dándole su propio anillo, ropas de lino fino y un nuevo nombre: Tzafenat Paneaj. Además, le entregó por esposa a Asnat. Yosef, a los 30 años, pasó de ser un esclavo preso a ser el hombre más poderoso después del Faraón.
🥖 El Hambre y el Reencuentro en Canaán
(Bereshit 41:41–42:38)
Tal como Yosef predijo, la hambruna se extendió por toda la faz de la tierra. En Canaán, Yaakov se enteró de que había grano en Mitzráyim y envió a diez de sus hijos a comprar comida. Sin embargo, se negó a enviar a Binyamín, el hermano menor de Yosef, por miedo a que le ocurriera una desgracia.
Cuando los hermanos llegaron ante el gobernador de la tierra, se postraron rostro en tierra ante él, cumpliendo sin saberlo los sueños de juventud de Yosef. Yosef reconoció a sus hermanos de inmediato, pero ellos no lo reconocieron a él. Actuando como un extraño, los acusó de ser espías (meraglim).
Para probar su veracidad, Yosef los puso bajo custodia tres días y luego les ordenó: uno de ustedes se quedará preso (Shimón), mientras los demás llevan el grano a sus casas y regresan con su hermano menor. Los hermanos, angustiados, confesaron entre sí que este mal les ocurría por lo que le habían hecho a Yosef años atrás, ignorando que él entendía cada palabra. Antes de que se fueran, Yosef ordenó secretamente que el dinero de la compra fuera devuelto en los sacos de sus hermanos.
Al regresar a Canaán y descubrir el dinero, el miedo se apoderó de ellos. Yaakov, al escuchar que debían llevarse a Binyamín, exclamó con dolor: «¡Me habéis privado de mis hijos! Yosef no está, Shimón no está, ¿y os llevaréis a Binyamín?».
🍷 El Banquete y la Prueba Final
(Bereshit 43:1–44:17)
El hambre se volvió insoportable. Yehudá (Judá) finalmente convenció a su padre de dejar ir a Binyamín, ofreciéndose él mismo como garantía. Volvieron a Mitzráyim con regalos, el dinero devuelto y con su hermano menor.
Cuando Yosef vio a Binyamín, su corazón se conmovió profundamente y tuvo que retirarse a su habitación para llorar. Luego, ofreció un banquete para ellos. Los hermanos se asombraron al ver que los sentó por orden de edad y que la porción de Binyamín era cinco veces mayor que la de los demás.
Sin embargo, la prueba definitiva estaba por venir. Al amanecer, cuando partían, Yosef ordenó poner su copa de plata personal en el saco de Binyamín. Apenas se habían alejado de la ciudad, el mayordomo de Yosef los alcanzó y los acusó de robo. Los hermanos, seguros de su integridad, declararon: «Aquel en cuya mano se encuentre la copa, que muera, y nosotros seremos esclavos».
Al registrar los sacos, la copa apareció en el de Binyamín. Desesperados, rasgaron sus vestiduras y regresaron a la ciudad. Yehudá, actuando como líder, se presentó ante Yosef y reconoció que Elohim había hallado su iniquidad. Pero Yosef lanzó el ultimátum: «Solo el que tiene la copa será mi esclavo; los demás, subid en paz a vuestro padre».
La parashá termina en este punto de máxima tensión: los hermanos están acorralados, Binyamín está en peligro de esclavitud eterna y la verdadera naturaleza de su arrepentimiento está a punto de ser revelada.
